Aún estoy vivo - huellas de una vida cambiada
Lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Fue un sábado hace 3 años ya. Después de terminar mi día laboral como a las 10 de la noche emprendí el viaje hacia mi casa. Usualmente iba escuchando palabra de Dios, leyendo La Biblia o escuchando alguna alabanza, pero esta vez no. Hace un tiempo que me sentía enojado con Dios. Había decidido alejarme de Él, así como cuando un hijo se enoja con su padre porque no le concedió su capricho. Hacía 3° grados de temperatura y las ventanas del colectivo iban empañadas. Recuerdo que era muy poca la gente que iba viajando conmigo, por eso mismo, siempre que llegaba al barrio a esa hora de la noche era algo que me preocupaba mucho ya que había sufrido un hecho de inseguridad unos días antes. Cuando el colectivo llega a mi destino, guardo los auriculares, cierro mi mochila y desciendo del transporte. Entonces, me dispongo a cruzar la Ruta cuando me llega un mensaje de texto. Lo leo rápidamente y de fondo escucho una moto acercándose hacia mi cada vez más rápido. Cuando levanto la mirada ya tenía la moto a mi lado. Tal fue la sorpresa que me aferré fuerte a la mochila, sabiendo que adentro tenia mis últimos pesos para llegar a fin de mes. Inmediatamente, el chico que estaba en la moto saca un arma y me dispara y del susto a lo primero que atiné fue a correr. Cuando voy cruzando la ruta me impacta otra moto por delante y las dos personas que iban fueron despedidas. En cuanto a mí, caigo en medio del asfalto y apenas entro en razón veo las luces de un auto golpeando mi cabeza y luego pasando por encima de mi pecho con las ruedas delanteras y traseras.
Después de eso quedé en un estado de inmovilidad física. La gente comenzó a agolparse a mi alrededor, algunos para ayudarme, otros decían “no lo toquen, esperen a la ambulancia o ya no respira” “pobre chico tan joven”. Yo no podía moverme, pero si escuchar todo lo que pasaba a mi alrededor. De repente empecé sentir mucho miedo, sentía frio y me sentí solo porque sabía que me había alejado de Dios. Quería decirle a la gente “No estoy muerto” pero no podía hablar. Era desesperante te lo aseguro. Ya arriba de la ambulancia en compañía de mi hermano Luciano me acuerdo que eran terribles los dolores que sentía, esos que nunca antes había sentido. En ese momento, mi hermano hizo una oración muy sincera y ahí pude sentir como la mano de Dios obró en mi porque no volví a sentir ese dolor jamás. Cuando llegamos al hospital se asombraban porque después de semejante accidente que incluyó (costillas fracturadas, líquido en los pulmones, clavícula fracturada, dos piezas dentales menos, tabique nasal fracturado, lóbulo frontal inflamado). Aún, a pesar de todo eso yo podía caminar. Luego, me llevaron a terapia intensiva donde tuve algunas intervenciones quirúrgicas y nuevamente pude ver la mano de Dios sobre mi vida. A pesar de todo El seguía obrando en mí. Salido del hospital, muchos se acercaron a mí con Palabras de aliento, de amor y otros con palabras de juicio (de esos nunca faltan) pero más allá de todo eso comprendí que si estoy vivo es porque la fidelidad de Dios es muy grande conmigo, que sus tratos son para moldearnos y llevarnos hacia El nuevamente. Que sigo en pie, porque hay un propósito para mi vida, un legado que debo cumplir por amor. Dios me demostró una vez más que, aunque me alejé de él, Él nunca se alejó de mí. Hoy te cuento todo esto y yo mismo me quedo perplejo de lo que pasé en ese momento. Hoy puedo amar, vivir, apreciar la vida de otra manera y sobretodo contarte que AÚN ESTOY VIVO para la Gloria de Dios.
Gastón, 34 años - Buenos Aires, Argentina
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